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Señoras que quedan para salir a andar

Actualizado: 15 ene



¿No os pasa, que estando en un parque os cruzáis con grupos de mujeres, de cierta edad, andando en grupo?

La finalidad parece ser, hacer ejercicio y llevar una vida más sana. Fin del análisis obvio. Pero el aumento de la salud física de estas buenas señoras, no es más que la punta de un iceberg social, que nos lleva a una análisis más profundo.


En este paseo compartido hay una carga social mucho mayor. Es la materialización de una actividad en conjunto. Sigue pareciendo obvio, pero traspasando el saludable resultado de la actividad, éste no sólo lo es de forma física. Están llevando a cabo una costumbre que forma parte de las comunidades humanas y que tienen que ver con las redes de cuidados y apoyo mutuo. Sin estas relaciones ancestrales, difícilmente el ser humano hubiera sobrevivido como especie.


¡Qué exageración! O no, vamos a recordar a un pariente no tan lejano y no tan distinto, el neandertal. Según diversos investigadores/as, con un pensamiento etnocentrista muy desarrollado, los neandertales eran bastante menos listos, guapos y capaces que nosotros los sapiens. Sin embargo otros estudiosos/as más objetivos, han descubierto que no éramos tan distintos. Los neandertales utilizaban herramientas, trabajaban la madera, y tenían pensamiento simbólico, eran capaces de crear arte abstracto, y esto se ha revelado, a partir de pruebas de pinturas rupestres de hace 65.000 años. Tenían una gran capacidad craneal y un físico robusto, más que el nuestro. Se ha comprobado que eran capacidades de formar sociedades complejas y fabricar medicamentos naturales. Eran capaces de generar Cultura, algo que nos ha diferenciado del resto de animales.



Estos motivos traen de cabeza a la paleoantropología sobre los motivos de su desaparición hace 40.000 años.

Parece ser que los neandertales vivían en grupos tan pequeños que no eran capaces de protegerse unos a otros de las adversidades que les pudiera sobrevenir. Pudimos ser nosotros, los sapiens, pudo ser un cambio en el clima, una lucha por recursos que pudieron escasear, todo ello junto, pero un indicio de su desaparición, podría estar en el estudio liderado por científicos japoneses y publicado por la revista Scientific Reports confirmando que, aunque el cerebro de los neandertales era más grande, su cerebelo era menor.

Esta parte inferior del cerebro es la encargada de regular capacidades como el movimiento o el equilibro, y está relacionada con funciones como la capacidad de concentración, el desarrollo de la memoria, el aprendizaje o el procesamiento del lenguaje. La antropóloga boliviana, Mundo Marcia Ponce de León, que participó en el estudio desde el Instituto de Zúrich en Suiza afirma:


"Al tener un cerebelo más pequeño, puede concluirse que los neandertales no tenían capacidades cognitivas tan refinadas como los humanos modernos, es decir, todas aquellas que te hacen socializar con mucha más intensidad"



Nuestra supervivencia, no ha venido condicionada por nuestra inteligencia semejante a la suya, sino por nuestra capacidad de relacionarnos y formar redes de apoyo. Puedes ver toda la información aquí y aquí.

Las redes de cuidados y apoyo mutuo, hacen que las personas no se queden solas y por tanto sean más vulnerables. Problemas como la soledad no deseada, la incomprensión social o exclusión del grupo, tiene como resultado la aparición de problemas mentales, que provocan problemas físicos y degeneran en diferentes enfermedades, mermando la calidad y la esperanza de vida de quienes las padecen. Los sapiens, puede que para sobrevivir, entre otras capacidades, desarrollásemos un querer juntarnos, y un sentimiento de pertenencia al grupo porque nos sentíamos más seguros/as.


Uno de los problemas que está padeciendo nuestra sociedad es el aislamiento del individuo, junto con la parcelación y segmentación de sí misma. La realización de actividades de forma aislada y la separación continua por edades, sexos, géneros, nacionalidades, discapacidades, etc, algo que nos lleva a ser más frágiles.


La pandemia COVID-19 ha destapado la quiebra de la salud mental en la población juvenil. Esta población está siendo un indicador de fragilidad social, tras el aislamiento. Las sucesivas crisis económicas, su condición liminal, en la frontera de lo que no son, y la falta de redes sociales reales de apoyo y cuidado tradicionales y reales, les ha impactado y aislado teniendo como consecuencia el aumento de este tipo de problemas, cuyas manifestaciones en consulta no tienen precedentes, siendo los más graves los que concluyen con tentativas y conductas suicidas, y de autolesión. Si quieres saber más pulsa aquí


Diversas corrientes de organización social han primado la diferencia y la parcelación, quizá por llevar a cabo una gestión más fácil, más ordenada, pero centrada en el recurso y no en las personas. La realización de actividades de esta forma es una constante. Diseños de actuación basados en erróneos conceptos de gestión y eficiencia, nos han hecho olvidar que el contacto con quien es diferente genera conocimiento, diálogo para la búsqueda de soluciones, comprensión mutua, reconocimiento como iguales, mayor sentimiento de pertenencia, ayuda y cuidado, y mayor colaboración en detrimento de la competencia, el desconocimiento, la incertidumbre, el miedo, el enfrentamiento y la agresividad.


¿Por qué existen actividades para jóvenes, para mayores, para mujeres, para latinos, para gitanos, para personas con discapacidad y un largo etc? Pensemos en las líneas de los programas sociales. Es cierto que muchos de ellos constituyen apoyos para necesidades concretas de estas poblaciones y esto es necesario, pero ¿porque no se combinan con formas de hacer inclusivas, intergeneracionales y multiculturales?


Un ejemplo son los colegios rurales, que cuentan con mejores tasas de aprendizaje el alumnado tiene diferentes edades y procedencias. No sólo aprenden, si no que apoyan en el aprendizaje de los más pequeños.


¿Por qué no se fomenta el conocimiento de las tradiciones que forman parte del patrimonio cultural de un municipio? Sus códigos servían para organizar las actividades de forma comunitaria, y el resultado era un logro en conjunto que estrechaba esas relaciones, y fomentaba esas redes de apoyo y cuidado cercanas y reales.


Juntarse para realizar actividades, no tiene únicamente el propósito de llevar a cabo el objetivo de la actividad. Cumple otras funciones tan importantes o más que el resultado de la acción. El objetivo, digamos material por el que crean los grupos, sólo es la justificación para construirlos.



Pensemos en los motivos; grupos de baile, de tejidos varios, lana, esparto, mimbres, filandones, talleres de infinitas materias, clubes, las festividades del calendario, patronales, romerías, carnavales...todas son la expresión de las redes construidas en conjunto para hacernos partícipes, y beneficiarias como personas que forman parte de ellas.


Mantener actividades que se realizan de forma personal y presencial en conjunto, va más allá del entretenimiento o de la celebración momentánea. Antaño se llevaban a cabo procesos comunitarios de aprendizaje siendo el vector de estos las tradiciones y saberes propios de cada territorio, relacionando a sus habitantes con este y su gestión. Los niños y las niñas eran iniciados por familiares y la red de la que posteriormente formarían parte. Las herramientas manejadas, el conocimiento aprendido y aprehendido, los códigos culturales, todo formaba parte de una red, un tejido que en cualquier otro momento podía ser parte, para dar apoyo y cuidado a sus componentes.


Esto nos lleva a otro análisis; el mantenimiento y conservación de las tradiciones y saberes vernáculos, no forma parte sólo del objetivo de conservación de un patrimonio cultural añejo. Este mantenimiento, sostiene un patrimonio cultural vivo que es capaz de generar redes humanas y que está en constante adaptación. El que estas tradiciones y saberes, que formaban comunidad, vayan desapareciendo sin encontrar relevo generacional y continuidad, conlleva un peligro, no tanto por su desaparición como por nuestro propio deterioro como sociedad.

Ana Mª Rabadán.

Socióloga especializada en ecología humana y población.

Área de investigación Social.









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