Envejecer y cuidar en comunidad: un reto de salud, igualdad y bienestar social
- sentidosocial

- 11 jun
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El pasado 2 de junio nuestra Asociación Sentido Social tuvo el placer de participar en la jornada organizada por el Instituto de Salud Carlos III Envejecer y Cuidar con Salud. Como se puede ver en la primera foto, ni mucho menos lo hicimos solas. Una representación de la Asociación de Mujeres CULMANARRE, con su presidenta María de la Nueva a la cabeza, compartió nuestra intervención en la mesa de ciudadanía, donde la investigación social y las comunidades vecinales se dan la mano.
La jornada dio a conocer investigaciones realizadas en variables que influyen en la calidad de vida del envejecimiento. No es nada nuevo que se hable de sociedades envejecidas, que las pirámides poblacionales se estén invirtiendo, o que estamos ante nuevos paradigmas sociales donde las personas mayores no son poblaciones homogéneas a la espera de que se las propongan actividades de entretenimiento. Muy al contrario, son cada vez más, personas con propósito, comprometidas con ellas mismas, conscientes y críticas con discriminaciones por razón de género o edad.
El aumento de la esperanza de vida es, sin duda, uno de los mayores logros colectivos y un reflejo inequívoco de los avances sanitarios y sociales de nuestro país. Sin embargo, este triunfo plantea un desafío crucial: garantizar que los años ganados se vivan con salud, dignidad y autonomía. El envejecimiento saludable va mucho más allá de la mera ausencia de enfermedad; implica participación activa, entornos amigables, bienestar emocional y el mantenimiento de vínculos sociales firmes. De manera inseparable, este escenario nos obliga a situar los cuidados —tanto formales como informales— en el centro del debate sobre el bienestar social.
“Envejecer no es un problema, es un logro colectivo del que nos sentimos orgullosos como país. El verdadero reto es garantizar que ese logro se acompañe de salud, de cuidados adecuados y de oportunidades para seguir participando activamente en la sociedad” Dra. Marina Pollán, directora del Instituto de Salud Carlos III
El binomio salud y entorno: geografía, habitabilidad y el tejido comunitario como activos de bienestar
La salud en la vejez no puede entenderse de manera aislada al espacio físico y social en el que se desarrolla la vida diaria. A lo largo del encuentro, se evidenció que el entorno, entendido desde la escala macro de la geografía urbana o rural, hasta la escala micro de la vivienda y las barreras arquitectónicas, actúa como un determinante social crítico que puede multiplicar la vulnerabilidad o, por el contrario, convertirse en un potente amortiguador de la enfermedad.
El entorno macro: La brecha y el olvido del medio rural
El territorio condiciona profundamente el acceso a los recursos sociosanitarios. Como bien se expuso en la mesa de participación ciudadana a través de la Asociación Sentido Social, existe una paradoja territorial muy marcada: Quienes investigamos pensamos que sabemos más, nada más alejado de la realidad, si no se investiga donde luego se pretende intervenir, se hará de forma errónea, con programas estandarizados, a partir de modelos extrapolados de resultados que, no han tenido en cuenta variables que afectan diariamente a las personas que viven en los territorios donde se pretenden implantar.
Esta desconexión institucional tiene consecuencias tangibles en la salud física y mental las personas que viven los pueblos. El aislamiento geográfico, la falta de transporte adaptado o la desaparición de servicios básicos de proximidad (bancos, farmacias, atención médica continuada) obligan a las personas mayores a un sobresfuerzo cotidiano. Ante este "olvido" del entorno por parte de las administraciones, el tejido asociativo rural no le queda otra que ponerse a trabajar. La autoorganización vecinal es el principal escudo que muchas veces les apoya en su salud. Cuando el entorno público falla, la red social del pueblo se activa como una "tela de araña" que se teje en apoyo en la salud comunitaria recuperando tradiciones, combatiendo la soledad y defendiendo activamente que:
“la sanidad pública no se pierda”. María de la Nueva Maqueda. Presidenta de la Asociación Culmanarre de San Martín de Valdeiglesias.
El entorno residencial: El hogar como espacio de cuidado o aislamiento
Al descender a la escala de la vivienda, las investigaciones cuantitativas presentadas en el marco del Estudio CAS y del proyecto Quédate revelaron datos sobre cómo las condiciones habitacionales impactan directamente en el bienestar:
El cláster de "mala salud": Los análisis de datos identificaron un perfil de riesgo epidemiológico muy claro: el de aquellas personas mayores que conviven dentro del hogar asumiendo tareas de cuidado informales de alto impacto. En este grupo (donde el porcentaje de mujeres es mayoritario), el entorno del hogar se transforma a menudo en una barrera. La falta de accesibilidad física dentro de las viviendas unida a la sobrecarga cronifica lo que los expertos denominan “un binomio, el de la cuidadora y la persona cuidada, de aislamiento dentro del hogar”. Carmen Rodríguez Vázquez.
Los factores amortiguadores: Por el contrario, se demostró científicamente que poseer una estabilidad económica que permita adaptar el entorno doméstico, junto con la existencia de un vecindario con sólidas redes de apoyo social, “amortigua absolutamente la sensación de carga” y protege la salud autopercibida de las y los cuidadores según la ponente Celia Fernández Carro (UNED).
La perspectiva ambiental: Entornos amigables y resiliencia climática
El entorno urbano y el cambio climático también centraron parte del debate sobre salud pública. Se presentaron evidencias sobre cómo la planificación de "barrios amigables" (espacios verdes accesibles, aceras transitables, reducción de ruidos y contaminación) incrementa la actividad física de los mayores y mejora sus biomarcadores de salud cardiovascular y funcional. Los efectos de estas mejoras ambientales son aún más evidentes en subgrupos vulnerables que residen en áreas desfavorecidas, lo que refuerza la necesidad urgente de una equidad urbana. María João Forjaz (investigadora del Instituto de Salud Carlos III y el Centro Nacional de Epidemiología).
Asimismo, en un mundo cada vez más inestable, el entorno físico expone al colectivo a graves riesgos durante las emergencias humanitarias y climáticas (olas de calor, danas o crisis sanitarias). Se denunció que los sistemas de protección civil fallan al no comprender el entorno real de los mayores:
“Si una persona mayor no tiene móvil, no tiene acceso a internet... y usamos el sistema ES-Alert [mensaje al móvil], la estamos dejando fuera deliberadamente”.
Paradójicamente, las personas mayores no deben verse solo como víctimas de su entorno, sino como las mayores expertas en él:
“Una persona mayor de un pueblo sabe perfectamente qué pasa y qué zona se inunda cuando llueve... Consúltale, va a ser un agente de resiliencia”. Alba Ayala y César Garriga,CNE-ISCIII
Garantizar un envejecimiento saludable nos obliga a transformar los entornos para que dejen de ser hostiles o aislantes. La salud no se cuida solo en los hospitales; se cuida diseñando pueblos y ciudades accesibles, humanizando la atención, erradicando la exclusión digital y fomentando la corresponsabilidad colectiva. Para que las personas mayores puedan seguir “aprendiendo, queriendo y cuidando” con dignidad, los recursos públicos y el urbanismo deben ponerse, de una vez por todas, al servicio de la comunidad.
Modelos en contraste: El rol de las familias y la perspectiva de género
La realidad de cómo envejecemos y cómo cuidamos está profundamente condicionada por el contexto político y cultural. A través de iniciativas de investigación multidisciplinar como el estudio comparativo europeo CAS (Caregiving and Aging in Spain and Sweden), se evidencia la gran brecha existente entre modelos de protección social.
“Hemos escogido Suecia simplemente por el hecho de que se trata de un modelo de cuidados muy diferente del de España. El modelo de cuidados de España recae en las familias casi el 100%, mientras que el modelo sueco tiene un sistema de cuidado mucho más institucionalizado, mucho más integrado dentro de los servicios sociales y sanitarios” Carmen Rodríguez Vázquez, investigadora principal del proyecto
Mientras que Suecia cuenta con un sistema de cuidados ampliamente institucionalizado e integrado en los servicios públicos , en España la responsabilidad recae de forma casi exclusiva —cercana al 100%— sobre el entorno familiar. Este arraigo del cuidado familiar desvela una dimensión de desigualdad que afecta mayoritariamente a las mujeres, quienes históricamente asumen estas tareas sosteniendo el sistema de forma invisible. Además, la actual transformación sociodemográfica —con familias cada vez más reducidas y un descenso drástico en el número de hijos— está provocando una crisis en los relevos intergeneracionales de cuidado tradicional. En este contexto, emerge una realidad creciente y alarmante: son las propias personas mayores quienes, cada vez con mayor frecuencia, cuidan de otras personas mayores, asumiendo un peso institucional que no les corresponde.
El impacto de cuidar en la salud de las personas mayores
Asumir la responsabilidad prolongada de cuidar a un ser querido genera un impacto ambiguo y complejo en la salud de las personas mayores. Por un lado, las investigaciones cualitativas reflejan que el rol de cuidador puede aportar efectos positivos y amortiguadores, vinculados a un fuerte sentido de logro, afecto y cumplimiento del deber familiar. De hecho, la doctora en demografía Celia Fernández Carro tituló de forma muy reveladora la ponencia de su estudio cualitativo: “Me siento mejor ahora que al principio. Experiencias de cuidado entre personas mayores y su impacto sobre la salud”. Por otro lado, la sobrecarga física y emocional es innegable. Factores como la estabilidad económica y la existencia de redes de apoyo social robustas actúan como mecanismos esenciales para mitigar el desgaste, permitiendo a los cuidadores desahogarse, compartir la toma de decisiones y mantener espacios propios de autocuidado. Cuidar en aislamiento cronifica el deterioro de la salud de quien cuida, haciendo indispensable la intervención pública para preservar su calidad de vida. Como bien se advirtió en el debate posterior, la realidad que se vive puertas adentro en muchos hogares es preocupante.
“Es un binomio, el de la cuidadora y la persona cuidada, de aislamiento dentro del hogar" Ana Mª Rabadán Jiménez. Asociación Sentido Social.
Combatir el edadismo estructural: De la sensibilización a la acción
Otro de los grandes obstáculos para un envejecimiento digno e igualitario es el edadismo, un entramado de prejuicios y discriminaciones por razón de edad que invisibiliza las aportaciones de los mayores a la sociedad. A través de programas como ENCAGES-CM, financiado por la Comunidad de Madrid, se estudia cómo este fenómeno impacta negativamente en la salud física y mental del colectivo.
El edadismo no se combate únicamente mediante campañas de sensibilización escolar o discursos bienintencionados sobre envejecimiento activo. Requiere una transformación estructural profunda:
En el sector sociosanitario: Es urgente capacitar a los profesionales bajo modelos de cuidados centrados en la persona, derribando sesgos clínicos y normalizando prácticas basadas en la evidencia científica en lugar de estereotipos cronológicos.
En la gestión de emergencias: Las crisis actuales —tales como olas de calor o danas— demuestran la desprotección del colectivo. Durante la jornada se denunció con firmeza esta falta de previsión institucional: “No basta con tener buenos discursos sobre envejecimiento activo, participación, autonomía, si luego los sistemas de emergencia, los protocolos, no saben dónde están las personas mayores, no saben cómo avisarlas o no saben cómo evacuarlas”.
En el desarrollo personal: Es imperativo romper el mito de que en la vejez cesa la productividad o la capacidad cognitiva. Los testimonios del programa de reescritura de experiencias personales demostraron que en las etapas avanzadas de la vida “sigue habiendo desarrollo personal, sigue habiendo capacidad de aprendizaje, sigue habiendo ganas de reivindicar y de pelear”.
En una sociedad donde la economía se sitúa en el centro de nuestras vidas, el periodo vital que viene tras la jubilación parece perder importancia. La persona ya no contribuye con su trabajo al sostén económico estructural y pasa a ser una carga para el estado. Esa sensación la describen perfectamente las mujeres que pese a estar jubiladas o tener la misma edad que sus parejas jubiladas, siguen manteniendo sus tareas de cuidado doméstico, un "mandato de cuidados eterno", que las hace sentir aún valiosas aunque les cueste su salud seguir ejerciéndolos. Como vimos en diferentes intervenciones, los términos valor y sentirse valorados parecen ser términos relacionados con el edadismo de forma inversamente proporcional. A mayor edad, menor valor, otro mandato socialmente asumido.
El edadismo no es un prejuicio superficial ni una mera falta de cortesía intergeneracional; es, en palabras de los expertos de la jornada, un "hilo corrosivo" que impregna de manera invisible las estructuras sociales, las políticas públicas y las normas legales. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que la mitad de la población mundial tiene actitudes edadistas, el verdadero peligro radica en cómo esta discriminación se normaliza institucionalmente y cómo termina por erosionar la salud y la identidad de las propias personas mayores.
Cuando el daño viene de dentro
Uno de los enfoques psicológicos más alarmantes analizados en este encuentro se basa en la Teoría de la Asimilación de Estereotipos de Becca Levy. Esta perspectiva explica cómo los prejuicios que la sociedad proyecta sobre la vejez son absorbidos e interiorizados de forma inconsciente por las personas a lo largo de toda su vida. Al envejecer, el colectivo asimila y reproduce estos estereotipos dañinos, dirigiéndolos contra sí mismos (autoedadismo). Las consecuencias de este autoestigma para la salud física y mental son graves y científicamente demostrables, cronificando situaciones de vulnerabilidad. Sin embargo, la jornada arrojó luz y esperanza: estas estructuras de pensamiento no son inmutables. A través de programas de intervención social y de estimulación de la autoestima en entornos compartidos, se demostró que “el autoedadismo internalizado es modificable” y que, al ofrecerles herramientas adecuadas, las personas mayores rompen el aislamiento y concluyen con orgullo:
“Valemos mucho"
La brecha en derechos y el "apagón" legal
Desde una perspectiva jurídica y de bienestar social, se denunció con urgencia la desprotección regulatoria que sufre este sector de la población. En España, la ausencia de una ley específica de derechos para personas mayores perpetúa una discriminación estructural. Existe una falsa creencia generalizada de que, como los derechos humanos son universales, no es necesaria una legislación concreta; no obstante, la realidad cotidiana desmiente esta lógica.
En la práctica, se produce una suerte de discriminación institucionalizada:
“Los derechos que todos tenemos reconocidos... hay un momento en que se produce el apagón. Esos derechos desaparecen. ¿Y por qué van a desaparecer? Porque hay un hilo corrosivo que invade todo... que es el edadismo”.
La defensa de un enfoque basado firmemente en los derechos humanos exige recordar que la ciudadanía no expira:
“Los derechos no caducan, no caducan cuando cumplimos una determinada edad”.
Un verdadero abordaje de dignidad implica desterrar de forma radical la sustitución de la voluntad:
“Yo no decido por nadie, decide él. Y cuando no puede decidir él, el sistema debe proveer unos mecanismos de apoyo para que le ayuden a decidir”.
El edadismo en el sector sociosanitario y los sesgos en salud
El ámbito de los cuidados de larga duración y el entorno sociosanitario tampoco están libres de este sesgo. De hecho, los estudios presentados desvelaron que un porcentaje cercano al 20% de las respuestas de los propios trabajadores del sector sociosanitario muestran rasgos edadistas.
Esta discriminación se manifiesta de forma sutil pero constante en el día a día a través de dos vertientes:
Edadismo estructural y segregación espacial: Históricamente se tiende a aislar y separar a las personas mayores de los entornos urbanos activos.
“Los segregamos, los separamos de la población digamos que consideramos activa. Hacemos residencias alejadas... estos edificios, estas residencias, estos centros no están dentro de las ciudades en barrios habituales, sino que están separadas”.
Sesgos clínicos y sobremedicalización: Con frecuencia se asumen ciertas dolencias, problemas de movilidad o pérdidas de autonomía como "achaques normales de la edad", privando a las personas de tratamientos rehabilitadores adecuados. Prácticas automatizadas o mecanizadas como la colocación sistemática de pañales o sistemas de continencia por motivos cronológicos generan una enorme vulnerabilidad y dependencia. Por ello, los expertos urgen a implantar guías que evalúen la fragilidad a través de parámetros de autonomía reales y no por la fecha de nacimiento.
Violencia administrativa y exclusión tecnológica
Para el entorno rural y comunitario, el edadismo adopta la forma de una "violencia administrativa" a causa de la digitalización forzosa. A través de las dinámicas de investigación cualitativa realizadas por la Asociación Sentido Social con asociaciones de mujeres como la Asociación de Mujeres Culmanarre, las participantes verbalizaron la tremenda frustración y la pérdida de control sobre sus propias vidas que les genera la deshumanización de los servicios bancarios y burocráticos públicos :
“Antes ibas al banco y te saludaban, ahora parece que no sabes ni usar la maquinita... y eso pues te hace menos”.
Visibilizar y educar en la diversidad
El debate final concluyó que, para combatir el edadismo de forma efectiva, se debe ir un paso más atrás de las campañas mediáticas tradicionales. Paradójicamente, muchas personas mayores están tan expuestas a este hilo corrosivo que ni siquiera son capaces de identificar que están siendo discriminadas :
“Hicimos un grupo focal... y las personas mayores nos decían: 'Es que no sé qué es el edadismo y además no creo que yo esté sufriendo discriminación por razón de edad”.
Por tanto, la tarea urgente e inapelable del bienestar social es empoderar al colectivo en el conocimiento de sus propios derechos para que puedan reclamarlos. Es imprescindible transformar los discursos teóricos en políticas presupuestarias reales, capacitar a los profesionales sociosanitarios, adaptar los protocolos de emergencia civil y, sobre todo, devolver la voz a quienes más experiencia acumulan. Porque frente a una sociedad edadista que tiende a infantilizar y desactivar a sus mayores, la realidad de la jornada demostró que en las etapas avanzadas de la vida
“sigue habiendo desarrollo personal, sigue habiendo capacidad de aprendizaje, sigue habiendo ganas de reivindicar y de pelear por lo que uno cree”.
El espejo del modelo comunitario (Aymaras vs. Medio Rural de Madrid)
Dos intervenciones, por los tipos de comunidades protagonistas, estuvieron muy conectadas en cuanto a los datos que arrojaron sus análisis.
En la intervención de Chile (Lorena Gallardo): Se expone cómo en las comunidades andinas (pueblo Aymara) el cuidado es circular y comunitario. Existe una lógica colectiva donde la comunidad asume la corresponsabilidad de cuidar desde el nacimiento hasta la vejez. Como dice la ponente:
"el bienestar es colectivo, no es individual". Lorena Gallardo
Se destaca que las personas mayores aymaras vinculan directamente su bienestar a seguir haciendo actividades productivas y comunitarias (trabajar la tierra, involucrarse en arreglar el pueblo o pintar el campanario). Tienen una resistencia cultural a ser institucionalizados en residencias porque prefieren "envejecer en el lugar".
En la intervención de Sentido Social y la Asociación CULMANARRE: Al analizar la realidad de las mujeres mayores en el medio rural madrileño (San Martín de Valdiglesias), las ponentes conectan ambos mundos. En la fase de conclusiones de su estudio cualitativo, señalan explícitamente que la meta debe ser avanzar hacia
"un modelo de cuidados más corresponsable, más comunitario, porque hemos visto esta mañana, por ejemplo, con los Aymara...".
El tejido asociativo rural de Madrid opera, a su manera, buscando esa misma circularidad y apoyo mutuo para no envejecer en el aislamiento. La Asociación CULMANARRE expresa el compromiso comunitario e implicación vital se refleja en el testimonio Aymara. Llevan más de cinco décadas organizándose, haciendo teatro, cenas intergeneracionales y activismo social. El propio equipo de investigación recalca que personas como María de la Nueva ayudan "sin pretenderlo... a romper un montón de estereotipos con respecto a las personas mayores" , demostrando que en edades avanzadas en el medio rural sigue habiendo desarrollo personal, capacidad de aprendizaje y ganas de pelear. Se convierten en lo que la socióloga Ana Rabadán denomina: "informadoras privilegiadas" del territorio.
Estos dos ejemplos, además de lo mencionado tienen otros puntos en común: La invisibilidad y la resistencia del territorio alejado. Ambas intervenciones comparten una denuncia sobre la distancia que existe entre los centros de toma de decisiones urbanos/académicos y la periferia (ya sea el norte de Chile o los pueblos de la Sierra de Madrid). Desde Sentido Social se menciona que trabajan con perspectiva de territorio porque
"...pensamos que no hay un estudio del medio rural siendo tan cercano en la distancia y al mismo tiempo tan alejado en el conocimiento".
En ambos casos, la respuesta a ese olvido institucional y a la falta de recursos es idéntica: la autoorganización de la propia comunidad y el empoderamiento a través del grupo a partir de las redes de apoyo social comunitarias y/o vecinales. La jornada hace visible la importancia de preservar e impulsar estas estructuras según la experiencia indígena en Chile como un referente antropológico de "cuidados comunitarios" exitosos , que encuentra su equivalente práctico y local en la resistencia, el asociacionismo y la vitalidad de las mujeres mayores de la Sierra Oeste del Madrid Rural, representadas por la Asociación CULMANARRE. Ambos modelos demuestran que el bienestar, no sólo en la vejez, pasa de forma obligatoria por el apoyo mutuo vecinal y comunitario.
La salud mental en la vejez: El peso invisible de los cuidados, el autoedadismo y la "triple condena"
Garantizar un envejecimiento saludable exige derribar el tabú que rodea a la salud mental en las etapas avanzadas de la vida. A lo largo de la jornada, se constató que el sufrimiento emocional en la vejez no es una consecuencia "inevitable" de los años, sino el resultado de determinantes sociales acumulados, la sobrecarga del cuidado informal y, de manera muy destructiva, los prejuicios internalizados.
El desgaste psicológico de la persona cuidadora
Las investigaciones estadísticas presentadas a través de la encuesta europea de envejecimiento (SHARE) arrojaron datos contundentes sobre los riesgos psicológicos de asumir cuidados prolongados en el entorno familiar sin los apoyos públicos necesarios. Estadísticamente, se demostró que “las personas mayores cuidadoras presentan más estrés, más depresión, más ansiedad y problemas de sueño que las personas que no son cuidadoras”.
Este patrón de desgaste emocional replica el de los cuidadores más jóvenes, pero con una agravante : el cuidado deteriora la salud mental de forma crítica cuando es percibido como un mandato obligatorio que excede las capacidades físicas y psicológicas de la persona. Es en este punto donde la salud emocional decae, provocando sentimientos recurrentes de “carga emocional, rechazo y malestar”
El autoedadismo y el fenómeno del “Why try” (¿Para qué intentarlo?)
Uno de los momentos teóricos más brillantes del encuentro abordó cómo el edadismo daña la mente desde el propio interior del individuo. Basándose en la Teoría de la Asimilación del Estereotipo de la investigadora Becca Levy, se explicó cómo las personas asimilan los prejuicios sociales sobre la vejez a lo largo de su vida y, al envejecer, los dirigen hacia sí mismas (autoedadismo).
Este autoestigma genera un impacto psicológico devastador mediante un proceso de tres etapas: conocer el estereotipo negativo, estar de acuerdo con él y aplicárselo a uno mismo. Esto desemboca en lo que los psicólogos denominan el síndrome del “Why try” (¿Para qué lo voy a intentar?) : un estado de indefensión aprendida donde la persona se autolimita emocional y cognitivamente bajo la premisa de: “Como ya soy mayor, no puedo, y como no puedo, no valgo”.
La "triple condena" en entornos residenciales e institucionales
La mesa técnica dedicó un espacio pionero a analizar a un colectivo invisible dentro de la propia invisibilidad abordado por Macarena García-Izquierdo, de la Universidad Pontificia de Comillas: las personas mayores que padecen un Trastorno Mental Grave (TMG), tales como esquizofrenia o trastorno bipolar, y que viven en centros residenciales. En estas personas, el impacto en la salud es tan severo que sufren una reducción de su esperanza de vida de entre 15 y 20 años, considerándoseles biológicamente "mayores" a partir de los 50 años debido a la rápida comorbilidad y los efectos de las medicaciones prolongadas.
Cuando estas patologías coinciden con la vejez en entornos institucionalizados y de rutinas rígidas, las creencias edadistas se consolidan de manera muy ruda. Se produce entonces lo que los expertos denominan una "triple condena", donde se multiplican destructivamente tres factores:
El edadismo ("soy mayor"),
El mentalismo ("soy un enfermo mental"),
La pérdida de roles y de poder de decisión dentro de la institución.
La luz de la intervención: Terapia de aceptación y reescritura de vida
Frente a este panorama, la jornada no se limitó al diagnóstico, sino que presentó los esperanzadores resultados de un programa de intervención psicológica piloto de 10 sesiones diseñado específicamente para combatir el autoedadismo en mayores con trastornos mentales graves.
A través de herramientas científicas de la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) y de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), el programa demostró que el autoedadismo internalizado no es irreversible y se puede modificar. Al trabajar la reestructuración cognitiva y la reescritura de sus propias experiencias personales, las personas mayores participantes lograron romper el aislamiento de la rutina residencial, resignificar su identidad más allá de la etiqueta de "enfermo" y recuperar su autopercepción de dignidad y desarrollo personal. Como testimonio del éxito emocional del taller, los propios participantes concluyeron con orgullo:
“Valemos mucho”.
No podemos hablar de bienestar social ni de igualdad si dejamos de lado la salud mental de los adultos mayores. Actualmente en la Comunidad de Madrid sólo hay dos residencias con profesionales y entornos adaptados y adecuados a las personas mayores con enfermedades graves de salud mental. Lo habitual es que una vez cumplidos los 65 años, pasen de una institución de salud mental a una residencia de mayores sin profesionales y entornos adaptados. Esta es otra discriminación invisible que debe ser denunciada y corregida para su bienestar.
Controlar los factores de riesgo psicológicos, potenciar los protectores del bienestar emocional y ofrecer herramientas de estimulación cognitiva a lo largo de toda la vida es una obligación social indivisible. La salud mental en la vejez debe ser rescatada del aislamiento familiar y del olvido institucional; el aprendizaje, la autorrealización y la dignidad emocional no se detienen nunca.
Vivir más, pero cuidar en comunidad
El envejecimiento no debe ser abordado como un problema de gasto o pasividad, sino como un éxito social indiscutible. El verdadero reto del bienestar social radica en dotar a este logro de una estructura sostenible y justa.
Para avanzar hacia una sociedad con verdadera igualdad y cohesión, debemos asumir la máxima con la que Carmen Rodríguez Blázquez clausuró las ponencias, una idea que condensa el espíritu de todo el encuentro:
“Creo que hemos cubierto muchísimos temas sobre el envejecimiento y yo sobre todo me quedo con que hay que vivir más años y cuidar, pero en comunidad”.
La salud y el bienestar de las personas mayores y de sus cuidadoras no pueden depender del sacrificio invisible de las familias; deben sostenerse sobre redes de apoyo cooperativas, políticas públicas que las apoyen verdadera y prácticamente y una firme responsabilidad colectiva.
Conclusión: Hacia una cultura de corresponsabilidad y dignidad comunitaria
La jornada Envejecer y Cuidar con Salud del pasado 2 de junio no fue un encuentro académico más; supuso un espacio de denuncia, visibilización y transferencia real donde la investigación científica se dio la mano con la acción vecinal. A lo largo de las ponencias, mesas técnicas y debates, quedó demostrado de manera inequívoca que el éxito demográfico que supone el aumento de la esperanza de vida carece de sentido si las estructuras públicas, legales y urbanísticas continúan dando la espalda a la realidad de las personas mayores y de quienes sostienen sus cuidados.
Lejos de las miradas paternalistas o de los discursos estandarizados y urbanocéntricos —que a menudo caen en un absoluto desconocimiento del territorio rural periférico—, la jornada evidenció que el bienestar social se sostiene sobre la erradicación de las múltiples brechas que hoy amenazan la dignidad en la vejez:
La brecha de género y el modelo familiar: Urge transformar de raíz un sistema que hace recaer de forma casi exclusiva el peso de los cuidados sobre las familias y, de manera invisible y cronificada, sobre las mujeres mayores. El aislamiento dentro del hogar no puede seguir siendo el precio a pagar por cuidar.
La violencia administrativa y exclusión tecnológica: Frente a la deshumanización burocrática y digital, o ante sistemas de emergencia ciegos a la realidad de los pueblos, se demostró la necesidad imperativa de escuchar y consultar a las personas mayores como expertas locales y verdaderos agentes de resiliencia.
El hilo corrosivo del edadismo y el apagón legal: El edadismo estructural, manifestado en sesgos clínicos en el sector sociosanitario, en la segregación espacial o en la sutil asimilación del autoedadismo (el demoledor efecto del “Why try”), debe combatirse activamente. El taller de reescritura de experiencias y los resultados científicos de las intervenciones nos recuerdan que la capacidad de aprender, de reivindicar y de pelear permanece intacta. Los derechos humanos no caducan con la edad, y sustituir la voluntad del mayor es la mayor de las violencias institucionales.
El tabú de la salud mental y la "triple condena": Es inapelable denunciar realidades tan lacerantes en la Comunidad de Madrid como la falta de recursos específicos para personas mayores con Trastorno Mental Grave. El paso automático a los 65 años de centros psiquiátricos a residencias genéricas sin profesionales ni entornos adaptados constituye una discriminación institucional invisible que arrebata la dignidad y reduce drásticamente la esperanza de vida.
El futuro se teje en comunidad
Frente al olvido institucional, la respuesta no es la resignación, sino la red. El valioso paralelismo antropológico mostrado en la jornada nos deja una lección fundamental: la circularidad y el sentido de bienestar colectivo del pueblo Aymara en Chile encuentra su reflejo exacto y local en la Sierra Oeste de Madrid. El incansable asociacionismo de la Asociación de Mujeres CULMANARRE, guiado por figuras como María de la Nueva, demuestra que el tejido comunitario opera como una auténtica "tela de araña" vecinal dispuesta a blindar la salud, combatir la soledad impuesta y defender que la sanidad pública no se pierda.
Desde la Asociación Sentido Social, reafirmamos nuestro compromiso de seguir investigando e interviniendo desde y para los territorios. No podemos diseñar recursos ni formular políticas públicas de espaldas a quienes viven y trabajan en los pueblos. Para que las personas mayores de nuestro entorno rural y urbano puedan seguir desarrollándose activamente, es urgente dotar al sistema de presupuestos reales, humanizar la atención y cambiar el paradigma: el valor de una vida no se mide por su productividad económica.
Nos quedamos, por tanto, con la máxima transversal que clausuró el encuentro: es necesario vivir más años y cuidar, pero hacerlo en comunidad. Hagamos que los recursos públicos y el diseño de nuestros entornos dejen de aislar y se pongan, de una vez por todas, al servicio de la vida, de la igualdad y del cuidado compartido. Porque tal y como concluyeron con orgullo las propias participantes: “Valemos mucho”, y el aprendizaje, el amor y la dignidad no se detienen nunca.
Puedes encontrar las ponencias completas en la página de YouTube del ISCIII:



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